La minería ilegal en Venezuela, un submundo de caos y violencia



19-mar-2017

En la aldea El Callao, 850 km al sureste de Caracas, donde en 1870 empezó la fiebre del oro, las bandas de traficantes se disputan el negocio a punta de pistola.


Con la linterna en su frente, Ender se mueve ágilmente en la oscuridad del túnel. Unas piedras se desprenden y rompen el silencio. A 30 metros bajo tierra, se halla en el submundo de caos y violencia de la minería ilegal del oro en Venezuela. Un ligero olor a gases emana de las galerías. “No me da miedo”, dice desde el hoyo donde ya la perforación encontró agua. Ender Moreno es minero desde los 10 años y a sus 18, delgado, cubierto de lodo, sin camisa y descalzo, se ve siéndolo “hasta que muera”.


Pero la vida en las minas del oriente venezolano, en el estado Bolívar, no sólo es dura sino peligrosa. Mineros baleados, apuñalados o descuartizados aparecen con frecuencia en medio de una anárquica guerra entre bandas de mafiosos que, con fusiles R-15, FAL y AK-47, disputan el control de los yacimientos. Los tiroteos en los pueblos mineros son corrientes. Hace dos semanas mataron a tres jóvenes en el barrio de Ender. Un día antes, había estado con ellos bailando en el carnaval de El Callao, aldea ubicada 850 km al sureste de Caracas, donde en 1870 empezó la fiebre del oro en Venezuela. “Eran mineros, pero se habían volteado con las mafias”, contó luego de salir del cilindro negro, haciéndose oír entre el estruendo de la sierra con que dos hombres cortaban madera para asegurar la tierra floja del foso. Allí, en la mina La Culebra, trabaja Ender entre un grupo de mineros del sector La Ramona -en las afueras de El Callao-, a cuyo líder mataron hace un año por resistirse a las mafias.


A pocos kilómetros, Argenis Tarazona, de 47 años, trabaja en una mina a cielo abierto en Nacupay, una de las más violentas de la zona y con mayor impacto ambiental. Unos socavan en el río contaminado, otros lavan con mercurio el material en las bateas y algunos descansan en hamacas en las casuchas de plástico negro donde viven. Es tierra de nadie. Todos temen hablar de esas bandas que imponen el orden a punta de miedo y a quienes los mineros, los molinos de piedras y las pequeñas tiendas, deben pagar regularmente la “vacuna”, como llaman a la extorsión.


“Uno se acostumbra. El que se come la luz (viola las reglas), el que roba, lo matan o le dan una paliza. Aquí hay un grupo, no entra otro. Cada quien tiene su territorio”, describe Argenis. Los mineros afirman que “a las minas se entra, pero no se sabe si se sale vivo”. La masacre de 28 obreros hace un año en Tumeremo, vecino de El Callao, está fresca en la memoria de los pobladores. “Los guardias entran de vez en cuando, pero ellos (los delincuentes) andan tranquilos. Es como si fuera un gobierno paralelo”, asegura otro minero.

 

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